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martes, 16 de noviembre de 2010

Así Sabe México: La comida en el centro de nuestra cultura



La alimentación es supervivencia. Esta afirmación coloca al alimento en la base de la existencia humana, y de este principio parte la conformación de una cultura que se forma en torno a la comida.
De ahí que los procesos anteriores, presenciales y posteriores al acto de comer, conlleven rituales de socialización, esquemas de organización, estructura de convivencia y roles sociales para cada uno de los participantes en el ciclo del comer.
Es así como desde el inicio del ciclo, se forma una estrecha relación tanto con los productos que se ingieren como con su producción, que resulta en una cultura ligada espiritual y racionalmente con el acto de comer, lo que se necesita para su realización y lo que resulta de la misma.

 Comencemos por el escalón más cercano a la tierra: el producto. Existe en las culturas prehispánicas un respeto tal hacia el producto, que deifican a los agentes que hacen posible la existencia del mismo. Un caso prominente nos lo da el maíz.
Un producto llega a ser tan importante para el desarrollo de una cultura que lo dotan de características humanas y divinas. Reconociendo así la importancia del mismo en la existencia del ser humano y creando una complicidad entre el hombre agradecido por el producto y los dioses que hacen posible la existencia del mismo sobre la tierra.


Entre más se desarrolla una cultura, su relación con el alimento es más elaborada. Los platillos adquieren mayor complejidad. La forma de conseguir los insumos así como la variedad de los mismos crece. Las herramientas para administrar la economía del acto de comer se especializan y desarrollan hasta el punto de la ciencia. El acto de comer en sí refleja órdenes y estructuras internas de la sociedad.
Por ejemplo, en los textos de Sahagún, se puede observar como un sistema de comercio y tributo fue desarrollado alrededor de esta necesidad primaria, así como los avances en astronomía y matemáticas se relacionó íntimamente con la alimentación. El perfeccionamiento de la técnica y los utensilios, así como la marcada separación entre la comida de todos los días y la de los grandes señores.


El impacto de la cultura gastronómica de un pueblo se evidencia en la permanencia de usos y códigos a través no sólo de los siglos, sino también de los grandes choques culturales. Por ejemplo, Teotihuacan le deja a la Cuenca de México el uso regular de ingredientes como el amaranto, las verdolagas, el epazote, el frijol, el maíz y el aguacate, en la dieta básica de la zona.
Otros usos han perdido fuerza frente a ideas más fuertes del lado español del choque, por ejemplo, el consumo de insectos como parte regular de la dieta. La implantación del asco en el nuevo inconsciente colectivo surgido del choque cultural, relegó el consumo de insectos como no aptos para humanos, y aunque la costumbre sigue firme en muchas regiones, en la mayor parte de las zonas urbanas el consumo de insectos ha sido relegado y menospreciado.

Al acto de comer se le suma el acto de socializar, de representar la sociedad en una mesa, de llevar al plano de lo cotidiano los códigos y símbolos de una sociedad. El diálogo de la mesa, la convivencia, la jerarquía, se construye una vez afianzada la cultura alrededor de la comida.
La mesa unifica pero también acata, iguala pero también distingue. La creación de este escenario se encuentra en el peldaño último del ciclo del comer y su culminación está en la identificación de este escenario, tan cotidiano y nuestro que pocas veces nos detenemos a pensarlo.


1 comentarios:

Anónimo dijo...

excelente artículo, felicidades.

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