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viernes, 29 de octubre de 2010

Así Sabe México: Altares de muertos



Se dice que en México bailamos con la muerte, que la celebramos, que nos reímos de ella y con ella. En realidad no es que seamos una de las pocas culturas que juegan con la muerte, sino traemos una carga cultural precolombina que se relaciona con la muerte de distinta manera.

Los hombres precolombinos se sentían parte de la tierra, de esta forma cuando un ser querido moría pensaban no sólo que llegaba a un lugar mejor sino que se transformaba en algo más, pero nunca dejaba de existir. La forma de atraer almas que habían dejado su forma humana, era recordándoles lo que fueron en la tierra.



Así los altares y ofrendas de muertos contienen elementos que pudiesen atraer a la persona a quien se le hace la ofrenda, ya sea su comida preferida, fotos, algún vicio que hubiesen tenido (generalmente  ligado al placer gustativo, léase cigarro o alcohol) y cualquier elemento que pudiera llevarlos de "regreso a casa" aunque sea por una noche.

Una cosa diferente se pensaba para los que morían niños, sin crer recuerdos ni afiliaciones en la tierra, sus almas permanecían puras y libres de maldad, los niños automáticamente se convertían en seres espirituales que cuidaban a los vivos, pero nunca recgresaban ni recordaban su hogar.



Además de los elementos personalizados, existen una serie de elementos estandarizados que deben contener las ofrendas, ya sea para guiar, purificar u honrar a los muertos; veladoras, sal, tierra, flor de cempazúchitl, agua y copal. Además de frutos, legumbres y platillos típicos de la región o de la familia que realiza la ofrenda.



Un día de muertos es colorido y alegre, no porque no exista un dolor de estar lejos de los seres queridos, sino porque ese día sus almas nos visitan y la alegría de su regreso es inmensa. A diferencia del pensamiento occidental sobre la muerte, nuestros antepasados mesoamericanos pensaban en los muertos como en almas que huelen, ven, saborean y se guían primordialmente por la boca. 

En realidad no es que bailemos con la muerte, lo hacemos con los muertos, que fueron nuestros seres queridos en vida, y que cada año recibimos gustosos en las que fueron sus casas.

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